martes, 29 de agosto de 2017

Los principios de gestión de Toyota

A medida que avanzo en la lectura del libro Las claves del éxito de Toyota, de Jeffrey K. Liker, me voy dando cuenta de que el éxito de esta compañía no radica tanto en la aplicación generalizada de sus principios y técnicas más conocidas (just in time, kanban, kaizen, ... lo que se agrupa genéricamente bajo la etiqueta lean) como en la búsqueda sistemática y obsesiva de la excelencia a través de éstos.

Cada uno de los principios de gestión de Toyota es impecable desde el punto de vista conceptual. Pero puede no serlo tanto cuando choca con la caótica realidad de personas, organizaciones y mercados. Ninguno de ellos por sí sólo es una guía infalible para todos los casos y situaciones. En la práctica, algunos de estos principios parecen contradecirse entre sí y, de hecho, sirven para matizarse y modularse entre ellos. En cada caso concreto será necesario encontrar con rigor y pragmatismo el equilibrio entre los diferentes principios para que la solución funcione.

El auténtico mérito de Toyota consiste en no desfallecer nunca en la implementación de sus principios, en buscar siempre los limites de su aplicación, en aflorar y encarar los problemas con determinación, en buscar infatigablemente compromisos entre restricciones aparentemente incompatibles.

Y también, muy especialmente, en promover una cultura a lo largo de toda la organización que permita hacer efectiva esta actitud y la recompense.

viernes, 28 de marzo de 2014

Déjà vu

Sin duda el Gobierno Abierto es una corriente de fondo. Pero a su vez es una de las modas del momento. Transparencia y su principal derivada hoy en día, Open Data, son los conceptos que más se repiten en los foros que antaño hablaban de modernización y digitalización de las Administraciones Públicas.

Empezamos a apreciar la generalización de iniciativas de Open Data. Al calor de la ley 19/2013 de Transparencia y Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno parece que se ha desencadenado una carrera entre las diferentes Administraciones Públicas del estado por liberar el mayor número posible de datasets. Ya han surgido métricas y certificaciones. Quizás la ciudadanía común no entienda muy bien de qué va todo esto, pero seguro que es sensible, y más en campaña, a los titulares de prensa que pregonan los esfuerzos del gobierno de turno por parecer más honrado que la mujer del César. Porque, además, todo lo que tiene vitola TIC sigue despertando en la sufrida y acomplejada sociedad ibérica el mismo respeto referencial que las infraestructuras públicas: son signo de modernidad y progreso. En definitiva, construir una Administración Abierta,  sea eso lo que sea, vende. Liberar datasets es políticamente rentable.

Sensación de déjà vu. Empieza a parecer demasiado a lo que vivimos en su día con la Administración Electrónica y la ley 11/2007 de acceso electrónico a los servicios públicos. Corremos el riesgo de cometer los mismos errores. Puede que los estemos cometiendo ya. Porque no nos engañemos: liberar datos en condiciones adecuadas de formatos abiertos, accesibilidad desde sistemas informáticos, descripción semántica, actualización continua y mantenimiento de la secuencia histórica, es un reto no sólo tecnológico sino también organizativo y cultural. No es fácil y no sale barato.

El problema de fondo radica en que en aras de la certificación, del ranking y, en definitiva, de la rentabilidad política, la transparencia y, especialmente, la liberación de datasets se han convertido en objetivos en sí mismos. Y no deben serlo. Los objetivos son mejorar los servicios públicos, incrementar la integridad pública, promoción económica, gestionar eficaz y eficientemente los recursos públicos, etc. Y no todos los objetivos deben tener la misma prioridad. Y no todos los datos sirven igualmente para la consecución de todos los objetivos.

A tiempo estamos aun de concentrar los esfuerzos en aquellos datos cuya liberación contribuya en mayor medida a la consecución de los grandes objetivos de nuestra sociedad en el momento actual. Una vez conseguidos los primeros éxitos en términos de consecución de objetivos reales, no de certificación y ranking, con la experiencia, el conocimiento y la cultura adquiridas, progresivamente podremos extender la apertura a todos los ámbitos posibles.

Y, además, hay transparencia más allá del Open Data.

sábado, 22 de marzo de 2014

Confianza vs Transparencia, Ciudadano comprometido vs Espectador pasivo

Lo propio ocurre en la exigencia de transparencia en la política: “La transparencia que se exige hoy en día de los políticos es cualquier cosa menos una demanda política. No se pide la transparencia para los procesos de decisión que no interesan al consumidor. El imperativo de transparencia sirve para descubrir a los políticos, para desenmascararlos o para escandalizar. La demanda de transparencia presupone la posición de un espectador escandalizado. No es la demanda de un ciudadano comprometido, sino de un espectador pasivo. La participación se realiza en forma de reclamaciones y quejas. La sociedad de la transparencia, poblada de espectadores y consumidores, es la base de una democracia del espectador”.
La exigencia de transparencia, acompañada del hecho de que el mundo es un mercado, hace que los políticos no acaben siendo valorados por lo que hacen, sino por el lugar que ocupan en la escena. “La pérdida de la esfera pública genera un vacío que acaba siendo ocupado por la intimidad y los aspectos de la vida privada”, afirma. “Hoy se oye a menudo que es la transparencia la que pone las bases de la confianza. En esta afirmación se esconde una contradicción. La confianza solo es posible en un estado entre conocimiento y no conocimiento. Confianza significa, aun sin saber, construir una relación positiva con el otro. La confianza hace que la acción sea posible a pesar de no saber. Si lo sé todo, sobra la confianza. La transparencia es un estado en el que el no saber ha sido eliminado. Donde rige la transparencia, no hay lugar para la confianza. En lugar de decir que la transparencia funda la confianza, habría que decir que la transparencia suprime la confianza. Solo se pide transparencia insistentemente en una sociedad en la que la confianza ya no existe como valor”. Un ejemplo de esta contradicción es el Partido Pirata que se presenta a sí mismo como el de la transparencia, lo que en realidad equivale a una propuesta de despolitización. “Se trata, en realidad, de un antipartido”, afirma Han.
Una visión contracorriente de Byung-Chul Han en El País. No es simplemente una cuestión de estar o no de acuerdo, sino de analizar con espíritu crítico una de las nuevas vacas sagradas de nuestro pensamiento sobre lo público.

jueves, 20 de febrero de 2014

Desnudando el concepto Smart


Tal y como he comentado en la anterior entrada, la acepción de Smart que me interesa es la que proviene del concepto Smart City. Voy, por tanto, a estudiar este concepto como punto de partida.

Las definiciones que podemos encontrar son múltiples y variopintas. Para este tipo de conceptos no hay detrás un diccionario ni nadie que limpie, fije y dé esplendor. Debemos guiarnos por aquellas interpretaciones del concepto que, al parecer, susciten un mayor consenso. Valoración que, en sí misma, no está exenta de subjetividad.

En este punto, podemos hacer el ejercicio de comparar diferentes definiciones. Empecemos por Fundación Telefónica, que define Smart City como:
Aquella ciudad que usa las tecnologías de la información y las comunicaciones para hacer que tanto su infraestructura crítica, como sus componentes y servicios públicos ofrecidos sean más interactivos, eficientes y los ciudadanos puedan ser más conscientes de ellos. Es una ciudad comprometida con su entorno, tanto desde el punto de vista medioambiental como en lo relativo a los elementos culturales e históricos.
En esta definición apreciamos los siguientes elementos:
  • Las tecnologías de la información y las comunicaciones como elemento posibilitador, herramienta fundamental.
  • Infraestructura crítica. Requiere concreción, pero podemos pensar en suministro de agua y energía, iluminación, saneamiento y gestión de residuos, transporte. 
  • Componentes y servicios públicos. Aquí el concepto Smart City se escora hacia “lo público” e incrementa notablemente su alcance.
  • [Infraestructuras y servicios] más interactivos y eficientes.
  • Ciudadanía “consciente”.
  • Compromiso con el medioambiente y con la historia y cultura de la ciudad.
Es un punto de partida. No obstante necesitamos alguna referencia más. El programa europeo Smart Cities indica que sus propósitos son:
  • Incrementar la calidad de vida de los residentes.
  • Mejorar la eficiencia y la competitividad de las economías local y europea.
  • Avanzar hacia la sostenibilidad de las ciudades mejorando la eficiencia de los recursos y el cumplimiento de los objetivos de reducción de emisiones.
Todo ello a través de la integración de nuevas y más inteligentes tecnologías en materia de energía, edificios, transporte y las TIC.
Esta formulación es menos concreta, pero aun así incorpora nuevos elementos como la competitividad económica y amplia el ámbito tecnológico más allá de las TIC. Pero lo realmente importante es volvemos a encontrar los conceptos de eficiencia, sostenibilidad y TIC.

Por último, según Wikipedia:
Una ciudad se puede definir como "inteligente" o como "inteligentemente eficiente", cuando la inversión social, el capital humano, las comunicaciones, y las infraestructuras, conviven de forma armónica con el desarrollo económico sostenible, apoyándose en el uso y la modernización de nuevas tecnologías (TIC), y dando como resultado una mejor calidad de vida y una gestión prudente de los recursos naturales, a través de la acción participativa y el compromiso de todos los ciudadanos.
Desde el punto de vista tecnológico, una "ciudad inteligente" viene a ser un sistema ecosostenible de gran complejidad (sistema que contiene muchos subsistemas), o sea, un ecosistema global en el que coexisten múltiples procesos íntimamente ligados y que resulta difícil abordar o valorar de forma individualizada.
En la práctica, y a nivel popular, se concibe una Smart City como una ciudad comprometida con su entorno, con elementos arquitectónicos de vanguardia y donde las infraestructuras están dotadas de las soluciones tecnológicas más avanzadas. Una ciudad que facilita la interacción del ciudadano con los diversos elementos institucionales, urbanos, y tecnológicos, haciendo que su vida cotidiana sea más fácil, y permitiendo el acceso a una cultura y una educación que hacen referencia tanto a los aspectos ambientales, como a los elementos culturales e históricos.
El concepto de "smart city" se articula en base a cuatro ideas esenciales:
  • Las cuestiones ambientales y las restricciones energéticas.
  • La comunicación fluida de los actores entre sí: colectividades, ciudadanos, empresas, instituciones.
  • El uso compartido de bienes y servicios, con una activa participación de los usuarios en la concepción de productos, servicios, y modalidades operativas, y renunciando en algunos casos a la propiedad y uso individual.
  • La integración de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, la robótica y los sistemas inteligentes de transporte, que potencian el funcionamiento en red; la modificación de la matriz energética a favor de las energías renovables, y el cambio de comportamiento y usos por parte de los ciudadanos.
Definitivamente el concepto ha crecido tanto que empieza a parecer inabarcable. Es uno de los problemas de estos conceptos novedosos: según el estado de ánimo del autor, puede acabar abarcando, incluso, a la Teoría General de la Relatividad. De la exuberancia de materias e ideas, un contraste con las anteriores definiciones nos lleva a identificar los elementos comunes:
  • Si bien se mencionan diferentes tecnologías, las TIC siguen teniendo un lugar relevante como elemento posibilitador común.
  • Aunque no es el único, la sostenibilidad medioambiental destaca por encima de otros objetivos. 
  • Desde este punto de vista, la identificación que hacíamos de infraestructura crítica tiene sentido por cuanto su gestión tiene un significativo impacto medioambiental: suministro de agua y energía, iluminación, saneamiento y gestión de residuos, transporte. 
  • Se diluye la referencia a lo público. No obstante, en nuestro modelo social el sector público tiene una importante presencia como proveedor o promotor de muchas de las infraestructuras y servicios mencionados, y como agente social y económico de primer orden
  • La eficiencia es, definitivamente, el primer gran atributo de la ciudad inteligente. 
  • Ciudadanía interconectada, consciente, participativa y comprometida.
En vista de la conclusión, parece que para este camino no necesitábamos tantas alforjas. O sí. No olvidemos que muchas veces lo importante de un razonamiento no es lo que incluye sino lo que descarta. De todas formas, quizás sea necesario profundizar específicamente en estos aspectos antes de proceder a analizar como inciden sobre la gestión pública. Pero eso será en las siguientes entradas.

lunes, 17 de febrero de 2014

Smart Government: Narración de una exploración con final desconocido


El propósito de este post y otros que le sigan, es describir el proceso de exploración de un concepto como Smart Government formado por dos vocablos ingleses y que podría ser traducido al castellano como Gobierno Inteligente.

El problema de las traducciones literales es que las palabras encierran en cada idioma significados y matices que no tienen en otros. Especialmente cuando se trata de etiquetas, comúnmente anglicismos, que pretenden denominar una tendencia novedosa o pretendidamente novedosa.

La acepción de smart que nos interesa deriva del concepto Smart City que originalmente denominaba de manera genérica la utilización de las tecnologías de la información y las comunicaciones para optimizar el funcionamiento de diferentes infraestructuras propias de las ciudades como son el transporte, el suministro de agua y el suministro de energía. La idea de sostenibilidad medioambiental se encontraba ligada al concepto desde su creación.

Inicialmente se trataba, como tantas, de una etiqueta promovida con objetivos comerciales, por una empresa, en este caso IBM, que buscaba un nuevo campo de aplicación y comercialización de sus productos.

El concepto, no obstante, ha sido adoptado universalmente, habiendo crecido hasta abarcar materias tales como economía y competitividad, ciudadanía, urbanismo y vivienda, gobernabilidad, etc. Asimismo se ha extendido territorialmente: ya se habla de Smart Región, región inteligente. También se imbrica con tendencias tecnológicas como la internet de las cosas y el big data, esto es, la manipulación de grandes conjuntos de datos.

El objetivo de esta exploración es tratar de averiguar si el concepto Smart Government tiene sentido como idea diferenciada de otros conceptos como e-Government, Open Government, Digital Government o Lean Government, y, especialmente, si su aplicación representa una oportunidad para la transformación de las Administraciones Públicas.

La hoja de ruta de la exploración es tan abierta como sus posibles conclusiones. La idea es hacer camino al andar. No obstante aquí va un posible camino.

Me gustaría empezar desnudando el concepto smart, esto es, identificando los rasgos que lo caracterizan, aquello que es realmente propio y diferencial. De ahí se puede empezar a pensar sobre cómo estos rasgos se podrían aplicar a la actividad y funcionamiento de las Administraciones Públicas en sus diferentes facetas.

La exploración podría acabar aquí, pero en caso de que no lo haga, sería interesante contrastar lo obtenido con los conceptos mencionados anteriormente u otros relacionados con la función de las Administraciones Públicas en particular, y la transformación de las organizaciones en general.

Si del contraste se concluye que el Smart Government tiene sitio propio, habría que darle una pensada a su aplicabilidad y potencial transformador. Y si se apreciara que es aplicable y transformador, se podría pensar en cómo hacerlo.

Un camino tortuoso e incierto. Veamos adonde nos lleva.

La reflexión será pública. Cualquier aportación será bienvenida. Veamos también cuanto interés es capaz de suscitar.

martes, 1 de octubre de 2013

La incipiente madurez de la administración electrónica

Retomo la actividad bloguera en el marco del debate iniciado por alorza en su post Mi novia es una zombie de es.publico. La tesis de Alberto es que la Administración Electrónica está muerta y que debemos abordar lo que denomina Gobierno Abierto. Mi respuesta, que aparece en los comentarios del citado post, es la siguiente.

A mi modo de ver la AE no está muerta, simplemente se encuentra en la pendiente de decepción dentro del ciclo de adopción de nuevas tecnologías (lanzamiento – pico de sobreexpectación – pendiente de decepción – rampa de ilustración – meseta de productividad). De hecho, yo creo que ya se ha superado esta fase y estamos en una etapa incipiente de la llamada rampa de ilustración. Esta circunstancia explica que haya disminuido la atención y las referencias en la literatura europea con relación a Malmo 2009, que coincidió con un punto cercano al pico de sobreexpectación.

Además de la propia lógica del ciclo, nuestra incompetencia ha tenido mucho que ver con la decepción que se percibe en el momento presente. La AE, que en cierto modo me recuerda al AVE (aquí sí que ha habido millones de verdad, por si queremos preguntarle a la ciudadanía), ha dejado al descubierto algunos de nuestros más rancios vicios y defectos como sociedad y como AAPP: fascinación irracional por la tecnología y las infraestructuras (en realidad, complejo de inferioridad), búsqueda de la medalla antes que del beneficio (esto es, evaluación de impacto delirante o ausente, parte intencionada parte incompetencia), despotismo ilustrado (lenguaje críptico, experiencia de usuario “world class”), rigor (mortis) jurídico (requerimientos estratosféricos, firma electrónica: lector, middleware, …), resistencia (especialmente interna) a cualquier cambio (del ocasional boicot abierto, que alguno he visto, a la más generalizada pasividad escéptica y cómoda, que también), …

Y aun y todo, como bien señalas, se han logrado éxitos: la digitalización interna y la no relación del ciudadano con la administración tributaria, son también AE. La implantación de nuevos sistemas ha sido el principal elemento tractor de la reingeniería en las AAPP, con el límite siempre en la resistencia de la organización. Muchos servicios digitales para empresas funcionan más que aceptablemente.

Tampoco hay que volverse loco con el tema de los nuevos dispositivos. Muchos de los trámites seguirán haciéndose a través de un PC (con Windows) desde una mesa de trabajo. El PC (con Windows) sigue siendo la herramienta personal de trabajo por excelencia, y posiblemente lo siga siendo durante más tiempo del que corresponde al ciclo de vida de un servicio electrónico. Hay tiempo para adecuar a otros dispositivos (y SOs) aquellos servicios cuyo público objetivo y la propia naturaleza del servicio recomienden hacerlo. Por una vez tengamos racionalidad y perspectiva. Y pragmatismo (Windows): como bien dices, dejemos los derechos para cosas importantes.

Yo lo tengo claro: la administración será electrónica en la medida que lo sea la sociedad. Es decir sí o sí. Ahora se trata de continuar impulsando la rampa de ilustración para alcanzar a la meseta de productividad. Por supuesto con liderazgo, innovación, visión estratégica, …, esto es, intentando superar nuestros vicios y defectos tradicionales. ¿Merece la pena el esfuerzo de aprender una nueva forma de interacción que uno va a usar, como mucho, una vez al año (o menos)? Es simplemente una cuestión de ritmos y prioridades. En algunos años pocos concebirán una tramitación que no pueda ser electrónica. Y para entonces, algo habremos aprendido para facilitar el uso.

¿Gobierno abierto? Bien, pero no sé porque en esto nuestros vicios y defectos proverbiales van a ser más fáciles de superar. Si queremos ser pragmáticos, lo mejor sería aprovechar el ingente esfuerzo realizado en descubrir, como decía Edison, las 10.000 maneras en que la AE no funciona, para, sobre este conocimiento, hacer que funcione.

viernes, 7 de enero de 2011

¿Quien teme al internet feroz?

Parece que el nuevo año nos ha pillado miedosos con lo digital. O por lo menos precavidos. El caso es que en pocos días han aparecido algunos post de diferentes autores y con perspectivas variadas que nos alertan sobre determinados usos y abusos relacionados con intenet y los medios sociales.

Por gentileza de Manuel Gross (@manuelgross) me llega la referencia del post ¿Qué le está haciendo internet a tu cerebro? de Le Petite Claudine que se hace eco del libro The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains de Nicholas Carr. La tesis es que un uso continuado de internet nos puede volver hiperactivos y nos lleva a adoptar un modelo de pensamiento superficial, basado en decisiones instantáneas y la falta de concentración.

Andrés Pérez Ortega (@marcapersonal) en su post ¿Cuanto te cuesta estar en la red? nos avisa que construir una reputación digital no sale gratis aunque para ello utilicemos recursos gratuitos: la inversión es en tiempo. Tiempo que no es en absoluto despreciable y que le renta más a terceros, los propietarios de las redes sociales, que a nosotros mismos. Termina con una frase palmaria digna de enmarcar: Si no estás pagando por algo, no eres el cliente, eres el producto.

En otro orden de cosas Dyanna Meyer nos pone sobre aviso de El peligro de las redes sociales en la relación de pareja. Esta terapeuta comenta que cada vez más parejas solicitan su ayuda por problemas derivados del uso de las redes sociales. Lo cierto es que el asunto puede llegar a mayores: recientemente leíamos en Republica.es que una mujer del estado de Indiana (Estados Unidos) ha apuñalado a su novio por no dejarle ver su perfil de Facebook.

Y es que internet hay que tomárselo con más cuidado de lo que parece, porque según un estudio realizado por el International Center for Media and the Public Agenda y el Salzburg Global Seminar’s Salzburg Academy on Media and Global Change, la gente que utiliza medios sociales, frecuentemente presenta síntomas similares a los adictos a las drogas y el alcohol. Ahí es nada. Socioadictos.

En este escenario, es normal que Rosaura Ochoa concluya que la tendencia digital para 2011 es ... desconectarse. Rosaura coincide de alguna manera con el análisis de Nicholas Carr y nos recuerda que los mejores momentos creativos suceden cuando tenemos el tiempo y el espacio mental para tomar un pensamiento y seguirlo a donde nos lleve, por lo que es necesario desconectarse para ir en busca de la reflexión y la innovación.

Así que, si has sido capaz de llegar a este punto, mejor apagas el aparato y te dedicas a algo más analógico. Tu cerebro, tu tiempo, tu pareja, tu salud mental y tu creatividad te lo agradecerán. Que no es poca cosa.